LA CAPTURA DEL SIGLO
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17/10/2004LA GRINGA MARIA
Para el peruano que sobrevivía día a día en nuestro país imprevisible, este día era como cualquier otro y nada hacía presagiar que la página de la historia estaba próxima a voltearse en la lucha contra el terrorismo que ya llevaba doce años, desde aquel día en que Sendero Luminoso quemó las ánforas en un poblado de la serranía de Ayacucho (17 de mayo de 1980). Al sentir el suave roce de la luz matinal, me levanté de la cama, constantando que mi mujer se encontraba en la habitación contigua, intentando a duras penas levantar de la cama a mis tres hijos para que se vistan y después acompañarlos hasta el paradero donde abordarían su bus para llevarlos al colegio "Alcidez Vigo Hurtado" de la policía, ubicado en la Urbanización Higuereta del distrito de Surquillo. Mientras me vestía, prendí el trasmisor-receptor Walkie Talkie que había amanecido encima del pequeño velador, ubicado en la cabecera de la cama. Observé que las manecillas del reloj despertador marcaban las seis de la mañana, mientras que a lo lejos escuchaba las débiles voces de los agentes del Gein (Grupo especial de inteligencia) que salían de la radio y se dirigían hacia sus puestos de observación y vigilancia, como repetian religiosamente todos los días. Mercurio se dirige al Castillo con su grupo, sin novedad, gritaba el teniente Joe Sanchez para que "Ingeniero" note su presencia. Cobre ya instaló su equipo cerca a la cueva del Zorro- reportaba el teniente Tiburcio, oficial a cargo de un grupo de observación y vigilancia (ovise) de tres agentes (un chofer y dos ovises). Anteojado se reporta presente, cerca del Zorro - anunciaba el capitán Aguirre, oficial a cargo de otro grupo ovise. Así era la rutina de todos los días. El trabajo empezaba rayando el alba y casi nunca se sabía la hora en que terminaría. Mientras mi esposa alistaba a mis tres menores hijos para salir hacia el Colegio, aproveché para ducharme, sentir el agua fría y despejarme de los pedazos de sueños. Cuando salí,ya se habían ido, no logrando despedirme de ellos. Habían salido disparados para tratar de alcanzar el ómnibus que los llevaría hasta la Central Operativa 15 de Septiembre, lugar donde harían el trasbordo hasta su destino final, el Colegio Alcidez Vigo Hurtado, viaje diario que les demandaba casi una hora y media. Una vez vestido, me apresté a tomar el desayuno que mi mujer había dejado sobre la mesa del comedor. Mientras saboreaba el jugo de papaya, los rayos solares estaban en su esplendor, suavemente se filtraban por las delgadas cortinas de la sala, cayendo sobre las adormecidas plantas ornamentales que estaban en una esquina de la sala- comedor del pequeño apartamento donde vivía casi once años, desde que tuve la fortuna de salir ganador en el primer sorteo del Fondo de Vivienda, creado durante el Gobierno del ex presidente, Fernando Belaúnde. De pronto, mis ojos se dirigieron hacia el libro Teresa Raquin de Balzac que estaba en la mesa del comedor. Mientras mis miradas recorrían sus páginas donde aparecían varias frases que había subrayado antes para coger las ideas centrales del libro, de manera disciplicente, dibujé una sonrisa y me dije para mis adentros: "Honorato de Balzac con James Joyce son los que más se burlan de la miseria humana". Poco a poco me dejé llevar por la lectura, mientras sentí que las voces que salían de la radio de los agentes se hacían más tenues y se perdían en el espacio. - "¡ No leas mientras comes. Es mala educación !". Era el grito de mi madre. Nunca superé este buen o mal hábito que me acompañaba desde niño. Ya adulto y frisando los treinta y nueve años, el hábito de leer mientras comía, se me había pegado como chicle. Cada vez que la Gringa María, mi madre, me veía en ese trance de entelequia, lanzaba recriminaciones y terminaba alejando el libro de mis manos, diciéndome con su mal trajeado español: "Deja de leer, Negro, es mal hábito y te daña la digestión. Nunca se puede hacer bien dos cosas a la vez". Hoy en la soledad del comedor, su imagen era traida por mi memoria. Apenas había pasado un año y medio desde su partida hacia el viaje sin retorno, y aún flotaban frescos sus recuerdos en cada rincón de mi mente y corazón.
Pobre, madre, venir de tan lejos para morir en este país de grandes contradicciones, de profundos abismos sociales, imprevisible hasta decir basta, donde a veces sucede todo y a la vez, nada; país que conoce todos los antagonismo y donde ser peruano es una cuestión de fe, de aferrarse a una creencia y hasta creer en hechos no realizados. Saqué una pequeña foto de mi cartera, violada por el tiempo, y empecé a observarla, mientras me sumergía cada vez más en profundos pensamientos y las voces de los agentes que estaban en el aire se alejaban hasta tornarse imperceptibles. Su rostro aparecía surcado por profundas arrugas en contraste con sus miradas que eran francas y directas. La Gringa María hablaba sin ambages, con sinceridad, directo, iba al grano, miraba a los ojos. Le daba una terminación especial a las sílabas como resultado de su mal hablado español. Ser franco y sincero en sociedades como la nuestra, donde es común el imperio de la hipocresía, es buscarse problemas, nada cómodo y terminas casi siempre haciéndote odioso. |
Con el tiempo -era de esperarse- mi madre se ganó más enemigos que amigos, pero hata sus últimos dias, los afanes de la vida, engaños, miseria y soledad, no cambiaron su forma de ser: carácter abierto, confiado y generoso. Mi madre era uno de esos seres goriatnos que llevan en sus hombros los sufrimientos de la humanidad, y que al final, terminan acabados por los sufrimientos. Le condolía todo lo que sucedía en el mundo, empezando por nosotros, sus cuatros hijos, Pedro, Juan, Elena y yo. Los recuerdos que tengo de ella se pierden en la nebulosa del pasado. Un día que arribó al puerto del Callao, dejando atrás la Segunda Guerra mundial. Su llegada fue casual ya que su destino era Venezuela, pero terminó en nuestro país. Llegó casada con un español que hizo del buceo con escafandra su forma de vida, terminando sus días de embolia pulmonar, no sin antes, dejarles en la orfandad con dos hijos. Cuando muere el español, mi madre se vio inmersa en la terrible soledad de verse perdida en un país extraño sin amigos y sin trabajo. Se sintió sola y abandonada en una tierra extraña. Esta oportunidad fue aprovechada por mi padre, un zambo chinchano, guitarrista y constructor de obras públicas. Logra embaucarla diciéndole que era soltero, la enamora y la hace su conviviente. Mi padre, cada vez que se emborrachaba, se jactaba entre sus amigos, gritando que tenía una griega como mujer, descendiente de los grandes filósofos de la antigüedad, Sócrates, Platón y Aristóteles. Con fácil labia, la convence para para vivir en el bello y apacible puerto de Pisco, ubicado en el sur de Lima. Esto me hace producto de una inmigrante griega y de un zambo chinchano. Nací el 7 de mayo de 1953, en una casa de adobe y techo de quincha, ubicada en un barrio pobre conocido como Santa Rosa, bajo el signo de Tauro que me hace de mente analítica, reflexivo y perceptivo, amigo de profundas soledades, con la facultad de adelantarme a la quinta intención de las personas, cualidades que me ayudaron mucho en mi carrera de investigador criminal, especializado en la lucha contra el terrorismo. Mi madre cuando se entera que era la segunda mujer de mi padre, se siente engañada y desde ese momento, nunca más volvió a confiar en él. Sentía que había sido traicionada. Pase mi niñez, hasta los siete años, en ese pobre vecindario, después viajé a Lima para proseguir mis estudios, transitando de tía en tía, hasta que regresé a Pisco para estudiar dos años de secundaria en la Gran Unidad Escolar José de San Martín. Cuando mi madre explotaba de ira, era aconsejable no estar muy cerca de ella. Su enojo llegaba al paroxismo, cuando sentía que le tocaban a sus hijos. Cuando lo hacían, saltaba como una fiera, defendiéndonos con uñas y dientes. Cuando estaba tranquila y su alma en paz con el mundo, mostraba su cariño a su manera.
Nunca pude superar el abismo que hubo entre los dos y esto me hace sentir mal cada vez que siento que dejé pasar mucho tiempo sin demostrarle todo el cariño que sentía por ella. En las noches cuando despertaba somnoliento, sentía en la penumbra sus manos acariciándome con ternura la frente y rezando en griego no sé qué oración. Debido a su peculiar personalidad, siempre se movió en extremos: grandes amigos o grandes enemigos. En cuestión de amistad, nunca aceptó medias tintas o claro oscuro. Si no conseguía un buen amigo o enemigo, prefería estar sola. Heredé de ella esa manera peculiar de hacer amigos y enemigos. Con los años, mi madre se redujo de tamaño y su cuerpo engordó. Nunca se acostumbró a este país. Añoraba Atenas donde había nacido y extrañaba a sus hermanos. Siempre aprovechaba la llegada de algún barco griego al puerto de Pisco para enviar una carga a su familiar, pero nunca recibió contestación. Su desesperación crecía al darse cuenta que con los años las imágenes de sus hermanos se perdían en el tiempo. Cuando era cogida por esa tristeza sideral, se aferraba a unas amarillentas fotografías que guardaba en un viejo baúl de madera que trajo consigo de Europa. Al verla en ese trance, para calmarla, le decía muy quedo: "Mamá, cuando tenga dinero te voy a comprar un pasaje para que vayas a Atenas y visites a tus hermanos". No pude cumplir con esa promesa porque se murió el 13 de enero de 1991, soñando en regresar algún día a su lugar de origen. Actualmente, la casa donde pasé la infancia y parte de mi juventud, es conocida como "la casa de la Gringa María". Todavía existe y es habitada por uno de los morenos que creció conmigo, en ese populoso barrio pisqueño, semillero de futbolistas, voleibolistas y delincuentes avezados. Elena, mi hermana de sangre, cuando frisaba los diciocho años, abandonó el país en los inicios de la década del 80, como tantos otros peruanos cansados de la miseria y desocupación y se fue a residir a los Estados Unidos de Norteamérica. En 1971, apenas culminé mi secundaria, me presenté al Centro de Instrucción de la Policía de Investigaciones. Me hice policía de investigaciones por una cuestión de supervivencia. Carecía de dinero para seguir mis estudios universitarios. La vocación vino después. En el primer intento fracasé, volví a intentarlo al año siguiente, ingresando al Centro de Instrucción de la Policía de Investigaciones (CINPIP) el 12 de marzo de 1973. Después de un año de cadete, me gané el puesto de brigadier de año, cargo que no solté hasta el cuarto año (1976), egresando el 1 de enero de 1977 con la jerarquía de alférez, número uno de mi promoción (Placa de Honor) y con la especialidad de investigación criminal. El año de la captura del líder senderista,Abimael Guzmán, tenía dieciséis años como policía, ocho años trabajando en la Dirección Contra el Terrorismo y estaba metido en una "camisa de once varas". Por propia iniciativa, estaba convertido en un combatiente antiterrorista y cargaba con la responsabilidad de capturar al terrorista más buscado del país, al líder de Sendero Luminoso, considerado el enemigo público número uno desde inicios de la década de los 80, cuando empieza a desarrollar su lucha armada contra el Estado. Como todos saben, capturar al Cachetón -nombre utilizado en las claves radiales de los agentes- no era tarea fácil. El llamado presidente Gonzalo se movía en la clandestinidad desde el inicio de la lucha armada (17 de mayo de 1980) y nunca daba la cara. Esta situación hizo que se tejieran en torno a su persona miles de conjeturas: qué estaba en la Selva Central, en Bolivia, en Arequipa, etc. Incluso, muchos creían verlo por todo sitio. A través de los años, su figura se hizo misteriosa y las especulaciones crecían. |